viernes, 31 de octubre de 2014

— Capítulo 1 —

Era otoño o eso era lo que a mí me parecía. La vestimenta de los árboles era lo que me insinuaba. Sus hojas tan doradas, queriendo soltarse y echar a volar, para aterrizar en un pequeño instante en aquel suelo, húmedo de pequeños chubascos.
El viento chocaba contra la ventana, y entraba por una pequeña ranura, susurrando que sí, que era otoño; el sol brillaba, los rayos traspasaban las ventanas, pero no calentaban lo suficiente. Se estaba bien, bueno, se estaría bien ahí fuera. Respirando libre, como esos pájaros que podía observar a lo lejos, que volaban, sin preocuparse por nada más que eso, volar, volar sin miedo.
            Los médicos decían que tenía problemas, o mejor dicho: que yo era un gran problema para poder salir y estar ahí afuera, un gran problema para poder actuar por mí misma. Se equivocan, o eso espero.
Hace meses, no puedo recordar ya cuantos, perdí a mi familia. Bueno, al parecer, yo les maté. Eso es lo que me dicen, para que me mentalice. 
Pero como os he dicho, apenas puedo recordar nada... Y de todo el tiempo que llevo aquí, sólo recuerdo un nombre, una sombra y poco más.

Quizás, antes de nada, antes de empezar a contar mi historia deba presentarme y explicar por qué os voy a contar mi vida, o más bien, lo que apenas sé de ella, y es que cada día que pasa intento recordar quién soy, qué hago aquí,  cómo llegué y cómo puedo salir.
Mi nombre es Ruth. Y tengo 20 años. Estoy en un psiquiátrico, mis brazos solo presentan marcas, y también mis piernas y mi abdomen. Todos los días recuerdo un nombre: John. Y veo su sombra en mis sueños, o pesadillas. Nunca puedo ver con nitidez su rostro, pero sé que en él está la clave, la respuesta a todas mis preguntas. A tanto desorden.
Las luces se apagan. Y me entra el sueño. El efecto de las pastillas no falla. Me cansan. Creo que así terminaré loca de verdad. Yo debería estar fuera, y no aquí.

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